miércoles, 30 de septiembre de 2009

Generos Radiofónicos


El menú de la producción radiofónica

Abramos la carta. Para distribuir el menú, tomemos prestado el esquema ya mencionado, tan conocido como simplón, de emisor-mensaje-receptor. En este caso, nos servirá para clasificar los géneros desde tres perspectivas: el modo de producción de los mensajes, la intencionalidad del emisor y la segmentación de los destinatarios.


Según el modo de producción de los mensajes

Aquí aparecen los tres grandes géneros de la radiodifusión, en que habitualmente se ordenan los tipos de programas que transmitimos:

DRAMÁTICO
GÉNERO PERIODÍSTICO
MUSICAL


Según la intención del emisor

Los objetivos de los productores dan lugar a un segundo ámbito de géneros:

INFORMATIVO
EDUCATIVO
DE ENTRETENIMIENTO
GÉNERO PARTICIPATIVO
CULTURAL
RELIGIOSO
DE MOVILIZACIÓN
SOCIAL
PUBLICITARIO
...

En esta casilla tendremos tantos géneros como intenciones queramos plantearnos. No son excluyentes, de manera que un mismo programa puede tener finalidades educativas y de entretenimiento. La finalidad publicitaria se relaciona, naturalmente, con el aspecto lucrativo de las cuñas o los espacios vendidos.


Según la segmentación de los destinatarios

Tomando en cuenta los públicos a los que prioritariamente se dirige un programa, podemos hablar de:

INFANTIL
JUVENIL
FEMENINO
GÉNERO DE TERCERA EDAD
CAMPESINO
URBANO
SINDICAL
...

Y tantos otros destinatarios y destinatarias que definimos como nuestro público objetivo, tomando en cuenta la edad, el sector social, el género, la lengua. Es el target de nuestro programa.

En estas tres casillas podemos clasificar prácticamente toda la producción radiofónica. Tomemos, por ejemplo, una cuña cantada para vender desinfectantes. En cuanto a su finalidad, pertenece al género publicitario. Según la modalidad del mensaje es musical (jingle). Y se dirige, principalmente, al público femenino. Un cuento puede pertenecer al género educativo por su finalidad, dramático por su elaboración e infantil por sus destinatarios. ¿Un noticiero agrícola? Educativo, periodístico y campesino. ¿Un hit parade? Entretenimiento, musical, juvenil. Y así, atendiendo a esta triple perspectiva, podemos ordenar nuestras producciones.

Ahora bien, no todo programa ha de entrar, por fuerza, en las tres llaves. ¿Dónde cabe el deporte? En cuanto a su producción, podemos ubicarlo como género periodístico (periodismo deportivo). Y en cuanto a su finalidad, como género de entretenimiento. Las competencias deportivas, sin embargo, no especifican destinatarios. Se dirigen a todo público. ¿Y los concursos? Su finalidad, generalmente, es también el entretenimiento. Unos pueden dirigirse a un público más juvenil y otros a sectores adultos. Pero los concursos no implican una modalidad de producción específica de la radio. Los mismos concursos se hacen en la escuela o en una reunión social. Un concurso de adivinanzas no es dramático, ni periodístico, ni musical.

No hay que buscarle cinco pies al gato. Hay mil cosas en la vida que pueden salir al aire y no por eso las tenemos que endosar a uno u otro género. No todo lo que se hace por radio puede catalogarse como formato radiofónico. Si un locutor lee unos versos en su revista, sería caprichoso hablar de género lírico o de formato poema. Simplemente, se trata de una poesía leída a través del micrófono. Los números de la lotería son números de lotería, se canten o no en la programación. Y si el párroco dice su misa por radio, podremos hablar de género religioso o evangelizador, tomando en cuenta la intención del emisor. Pero no necesitaremos forzar las cosas y hablar de formato eucarístico.

En el taller de capacitadores latinoamericanos realizado en octubre de 1994, Cristina Romo, catedrática del ITESO, Guadalajara, nos ayudó a estructurar la clasificación de géneros y formatos.



José Ignacio López Vigil. Manual Urgente para Radialistas Apasionados

domingo, 14 de junio de 2009

Escribir para el oído

Por radio no se lee. En los informativos, si se descubre el tono de lectura, resulta menos grave, porque la audiencia sabe que la noticia no está siendo improvisada por el locutor. Pero en los programas de animación, en los deportivos, en los musicales, en las charlas, en las radiorevistas, hasta en los editoriales, está prohibido leer. Más exactamente: que suene a leído.

Lo leído cansa. Cansa en los congresos, en los simposios, en los mal llamados seminarios que se atiborran de ponencias. En la escuela sucedía lo mismo, cuando te dictaban la lección. Pero, al menos, uno tenía la feliz alternativa de atender más a las piernas de la maestra o a los bellos ojos del profesor.

En la radio no hay más estímulos que la voz de los locutores.

El lenguaje escrito no sirve para la radio. El estilo de la radio es vivo, caliente, conversado. Esto hay que decirlo una y mil veces, repetirlo, grabarlo en letras de oro sobre la puerta de la cabina para que no se olvide al entrar: hacer radio es hablar con la gente, no leer un papel delante del micrófono.

Por supuesto, algunos formatos, por la responsabilidad que implican, deberán ser escritos y libretados hasta en sus últimos detalles.

Nadie será tan imprudente como para improvisar un editorial sobre un tema político grave, donde cada palabra tiene su peso y su medida. En estos casos y otros, habrá que redactar un buen texto y pulirlo bien. Pero luego, a la hora de la verdad, al momento de salir al aire, lo interpretaremos dando la impresión de algo fresco, que se piensa y se dice en ese mismo momento.

Hay que aprender a leer como si estuviéramos conversando.

¿Cómo lograr esto? John Hilton, uno de los más populares charlistas de la BBC en los primeros años de la radio, tenía una regla básica para dominar esta técnica de la lectura que no lo parece:

PARA LEER COMO SI ESTUVIÉRAMOS HABLANDO

HAY QUE HABLAR MIENTRAS SE ESCRIBE.


Si estuvieras cerca de mi cuarto mientras estoy escribiendo una charla
decía John Hilton, oirías voces y refunfuños y una completa declamación desde el comienzo hasta el fin. Dirías que ahí dentro hay alguien que tiene un tornillo suelto, que no para de hablar solo. Pero no estaría hablando solo, te estaría hablando a ti.


Escribir para el oído, ésa es la fórmula. Escribir oyendo las palabras, saboreando los giros, incluso las incorrecciones de sintaxis propias del lenguaje hablado. Escribe así mismo, como suena, como si estuvieras conversando, y verás —mejor dicho, escucharás— la diferencia.


Fuente: radialistas.net

domingo, 24 de mayo de 2009

¿Cómo leer frente a un micrófono?

Tengo un texto entre las manos y estoy en cabina. ¿Existen algunos trucos para leer bien?

La mejor forma de leer por radio (y en cualquier situación) es que no suene a leído. ¿Cómo lograr esto?

Veamos cuatro niveles de lectura que debe ejercitar un buen locutor o locutora:


LECTURA COMPRENSIVA

Algunos locutores parecen cotorritas o papagayos. Leen un texto y, al final, si uno les pregunta, no se han enterado de nada. A veces, están tan preocupados de colocar la voz, de pronunciar correctamente, que ni saben lo que han dicho.

El primer nivel de lectura es entender lo que está leyendo, hacerte responsable de las frases que salen por tu boca. ¿Qué ejercicios ayudan para desarrollar esta capacidad?

Comienza por las palabras. En esta página que has leído… ¿hay algún término que no entiendes? Pues echa mano al mataburros. Si te acostumbras a leer con un diccionario al lado, en poco tiempo habrás duplicado o triplicado tu vocabulario.

Lee primero en privado, en silencio. Descubre la idea central y resume el contenido en pocas palabras. Si no entiendes, lee de nuevo. Si todavía no entiendes el sentido, pregúntale a un amigo. Pero no cometas la locura de sacar al aire un texto que ni tú mismo entiendes.


LECTURA PUNTEADA

Los signos de puntuación son como las señales de tránsito del idioma. Igual que en la carretera, también en un texto se sufren accidentes: correr demasiado puede matar el sentido de lo que está escrito. Al contrario, si frenas a tiempo, las pausas hacen comprensible el texto y lo resaltan.

Un buen ejercicio consiste en leer unos cuantos párrafos delante de un amigo. Sin ver el texto, él deberá indicarte dónde cree que van las comas y los puntos. Si coincide con lo que está escrito, estás respetando los signos de puntuación.

Para conocer cómo se entona cada uno de los signos de puntuación (puntos y comas, dos puntos, suspensivos, interrogaciones con preguntas abiertas y cerradas, admiraciones, paréntesis y comillas) te remito al radioclip siguiente:
http://www.radialistas.net/clip.php?id=1400221


LECTURA MODULADA

Si para hablar es necesario modular la voz (subir el tono, bajar, hacer pausas, cambiar ritmos), para leer resulta imprescindible. Porque un texto puede ablandarse con un buen juego de voz.

Para modular mejor, los locutores experimentados ganan texto con la vista. Los ojos van por delante captando palabras que todavía la boca no ha pronunciado. Esto permite comprender el sentido de la frase, prever algunos términos difíciles, saber cuándo respirar. Este ejercicio supone gran concentración. Habitúate a adelantar con los ojos tres o cuatro palabras. O incluso más.

También te será útil marcar el texto que vas a leer, subrayar las palabras o cifras principales que dan sentido a las frases y hay que enfatizar.


LECTURA LIBRE

El dominio de un texto se logra cuando tiene sabor de improvisación, como si lo estuvieras conversando. ¿Cómo conseguir esto? Despegándose un poco de lo que está escrito, es decir, parafraseando. Fíjate en esta frase:

Si el FMI sigue apretando, la cuerda se va a romper.

Una lectura libre podría ser así:

Si el FMI sigue, si continúa a-pre-tan-do… ¡ayayay!… la cuerda se va a romper.

No hay que hacer esto en cada línea. Ni se trata de inventar o cambiar el sentido de lo que está escrito. Pero con pequeños añadidos de tu cosecha conseguirás darle mucha frescura a tu lectura.

lunes, 18 de mayo de 2009

Sentirse bien y Sentarse bien


Llegó el momento de entrar a cabina. El foquito rojo “en el aire” se ha encendido. Es hora de hablar. ¿Cómo acometer el desafío de la palabra? ¨

Lo primero, SENTIRSE BIEN. Olvida tus preocupaciones personales. ¿Peleaste con la novia, te esperan las facturas del teléfono y la luz, tienes diez kilos más de peso, te robaron el carro, te duelen las tripas? Al público no le interesa nada de eso.

Cuando entres a cabina, deja fuera, engavetadas, tus preocupaciones. Desconéctate. Concéntrate en tu trabajo. Y comienza a hablar como si acabaras de ganar la lotería. Eso es profesionalismo. Si estás de mal genio, reconcíliate contigo mismo.

Controla tus sentimientos. Porque ellos se transmiten a través del hilo mágico de la voz. Si estás triste, tu público se entristecerá. Si estás alegre, se alegrará. Si estás frío, enfriarás a quienes te escuchan. Si cansada, salpicarás cansancio a tu audiencia. Llénate de energía positiva. Cárgate de entusiasmo. Ponte pilas nuevas. Aunque no tengas muchas ganas de hablar, repite para tus adentros: “Quiero conversar. Me cae bien la gente. Amo a mi público.”

Y lo segundo, SENTARTE BIEN. Si estás al borde de la silla, la voz te saldrá nerviosa, insegura. Si estás doblado hacia delante, la voz te saldrá también doblada, tendrás problemas para respirar. Si estás retorcida, también tendrás problemas de respiración. Y si te descuidas, se te retorcerán las ideas. Si estás repantigado, descolgado hacia atrás, la voz te saldrá dormida, sin fuerza. Siéntate bien. Acerca la silla. Espalda recta, pecho bien levantado. Mirada al frente. Descansa las manos sobre la mesa. Colócate bien frente al micrófono. ¿Tienes corbata? Aflójala, para que puedas respirar bien.

Sueltos los cinturones que oprimen la panza. Que tu cuerpo esté tan relajado como tu mente. Respira bien. Relájate. Experimenta cómo el aire fresco ventila hasta el último rincón de tu cuerpo, desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie. Siéntete bien. Siéntate bien. Y echa a volar tus palabras.

Fuente: www.radialistas.net

domingo, 17 de mayo de 2009

Errores más frecuentes en la pronunciación

DESPACIO, QUE TENGO PRISA

Cuando leemos un texto, los signos de puntuación nos sirven como señales de tránsito para saber dónde disminuir la velocidad (las comas), dónde frenar (los puntos) o dejar colgada una frase (puntos suspensivos), cuándo subir el tono (las admiraciones) y cuándo interpelar al público (las interrogaciones).

Pero al hablar, ¿cómo nos orientamos? Cuando estamos conversando con un grupo de amigos, ese problema no existe. Con naturalidad modulamos las frases y hacemos las pausas donde corresponden. Otra cosa es cuando estamos hablando ante un público o detrás de un micrófono. Corremos, atropellamos las palabras, nos producen pánico esos segundos de silencio entre una frase y otra.

¿A qué se deben estas prisas? Los nervios. Queremos terminar cuanto antes, bajarnos lo más rápido posible de la tribuna, escapar del escenario o de la cabina de grabación. La impaciencia.

Tenemos muchas cosas que decir y contamos con poco tiempo para ello. Entonces, apresuramos las palabras, aceleramos la lengua, apretujamos las ideas. Por ambos caminos, olvidamos las indispensables pausas. Y proyectamos ante el auditorio un sentimiento de inseguridad y falta de convicción. Vísteme despacio, que tengo prisa, como decía la experimentada viajera. Los nervios hay que dominarlos con ejercicios de respiración y control mental.

En cuanto a la impaciencia, recordemos que más vale decir 3 cosas bien dichas que embutir 33 en las orejas del público. ¿Para qué sirven las pausas? Para respirar bien. Si no las haces, tampoco encontrarás el momento adecuado para tomar aire. Te cansarás y acabarás jadeando.

Para subrayar una idea, para enfatizar algunas palabras claves de tu exposición. Las pausas despiertan el interés y, a veces, hasta crean suspense en el relato.

Las pausas son muy útiles también después de una interrogación. Es una manera de dar tiempo al oyente para pensar en la respuesta. No confundamos pausas con baches. Si perdiste el hilo del discurso, no pienses que estás haciendo una pausa. Toma un poco de agua y trata de hilvanar el hilo con una nueva idea.

Fuente: www.radialistas.net

Algunos consejos y ejercicios para mejorar la pronunciación de las palabras.


BUENA ARTICULACIÓN, MEJOR DICCIÓN

¿A qué llamamos “buena articulación”? A la pronunciación clara de las palabras. Que los demás puedan oír y distinguir bien todo lo que decimos. Por costumbre o pereza, algunas personas hablan con la boca muy cerrada, casi sin mover los labios. Otros, por timidez, adoptan un tono muy bajo y apenas se entiende lo que dicen. Levanta la cara, limpia tu garganta, abre bien la boca. Igual que el músico, el locutor o la locutora afinan su instrumento antes de tocarlo, para que el público no pierda una sola nota de su sinfonía.

EJERCICIO 1
Muerde un lápiz, como si tuvieras un freno de caballo en la boca. En esa posición, ponte a leer un periódico. Haz este ejercicio durante cinco minutos. Verás cómo vas aflojando todos los músculos de la cara.

EJERCICIO 2
Toma un libro y ponte a leer en voz alta, lentamente y silabeando: Cuan-do-el-co-ro-nel-Au-re-lia-no-Buen-dí-a... Avanza algunos párrafos así, exagerando la lectura, como haciendo muecas para hablar.

Luego, silabea más rápido, asegurándote que pronuncias cada una de las letras de cada palabra. La “buena dicción” es otra cosa. Trata de la exacta pronunciación de todas las letras y las palabras.

La articulación se refiere a la claridad. Ahora hablamos de la corrección. No hay que apelar a la popularidad de la emisora ni a la coloquialidad del lenguaje radiofónico para machacar el idioma. En un sociodrama no importa, porque estamos reflejando nuestra manera de hablar cotidiana. En una entrevista, el entrevistado puede hablar como le venga en gana, mientras no ofenda. Pero para conducir una revista o un informativo, los locutores y locutoras deberán esforzarse en pronunciar bien.

Hay que corregir las letras comidas (las “eses” especialmente) y cambiadas (la “l” por la “r”, la “r” por la “l”, la “c” por la “p”). También están las palabras mal dichas (“haiga” en vez de “haya”, “hubieron” en vez de “hubo”, “naiden” en vez de “nadie”, “satisfació” en vez de “satisfizo” y tantas otras).

No hay que irse al otro extremo, a una manía por la dicción que reste naturalidad a quien habla. Son esos que pronuncian hasta la segunda “s” de Strauss y la “p” de psicología. En algunos cursos de locución, se ejercita el sonido fricativo de la “v” para diferenciarla de la “b”. Tal exageración, impropia del idioma español, suena muy pedante.

EJERCICIO 3 Los trabalenguas son muy útiles. Busca uno con letras incómodas para ti. Por ejemplo, si tienes problema con las “erres”, practica el consabido “erre con erre cigarro, erre con erre barril, rápido corren los carros siguiendo la línea del ferrocarril”. Pronúncialo dos, cuatro, ocho, dieciséis veces... ¡hasta que la lengua te obedezca!

En las medicinas tienes otro estupendo ejercicio de dicción. Lee esos papelitos de letra pequeña donde vienen escritas las enredadas fórmulas químicas.

Fuente: www.radialistas.net